Cuando perder la voz me enseñó a escucharme.

La búsqueda de una líder perfecta

Perder la voz fue, paradójicamente, el comienzo de mi camino para recuperarla. No solo la voz con la que cantaba o dirigía a otros, sino también la voz interior que durante años había silenciado en nombre de la perfección.

Antes de cumplir los 40 años vivía en una búsqueda incansable. Me capacitaba constantemente en liderazgo, asistía a conferencias y devoraba libros sobre el tema. Al mismo tiempo, lideraba un equipo de trabajo maravilloso, aunque sumamente retador. Aprendí muchísimo de aquella etapa y la agradezco con todo el corazón.

Sin embargo, tras bambalinas atravesaba un proceso complejo que desbordaba lo profesional y alcanzaba mi vida personal y emocional. Me esforzaba por ofrecer mi mejor versión y ser una líder profundamente humana, pero había convertido ese propósito en una exigencia imposible: ser perfecta. Mientras intentaba sostener esa imagen, luchaba en silencio con mis inseguridades, mis frustraciones y el peso de las expectativas.

El día en que el cuerpo habló

Hasta que el cuerpo convirtió en síntoma todo aquello que yo aún no sabía expresar.

Todo empezó con un dolor de garganta persistente que no cedía. En esa época cantaba junto a mi esposo en un dúo de música religiosa y social.

Una tarde, durante un evento, ocurrió exactamente lo que más temía: me quedé sin voz en pleno escenario.

El pánico me paralizó. Apenas estábamos empezando y yo no sabía qué hacer. Con un amor infinito, mi esposo asumió la interpretación y sostuvo el evento para que el incidente pasara casi inadvertido.

Por dentro, sin embargo, me sentía devastada. No entendía qué me estaba ocurriendo ni sabía si algún día recuperaría la voz.

La dolencia que no estaba en la garganta

Comenzó entonces un largo peregrinaje médico. Primero visité al otorrinolaringólogo y seguí tratamiento con el foniatra. Después cambié mi dieta, ajusté mis rutinas de ejercicio y probé innumerables remedios, buscando una respuesta que me permitiera sanar.

El tratamiento médico me ayudó, sí, pero yo sentía que solo había resuelto una parte del problema, quizá un 30 %. El 70 % restante no parecía estar en mi garganta, sino en mi interior.

Tuve que atravesar el dolor de mirar hacia dentro y reconocer que mi silencio estaba ligado a una dolencia existencial:

  • la falta de autoaceptación;
  • la duda constante sobre mis capacidades;
  • el agobio y la presión de sentir que no podía expresar lo que verdaderamente me habitaba.

Vivía disculpándome por sentir, pidiendo perdón por ocupar espacio y ahogando mis emociones para no incomodar. Sentí que mi garganta se había cerrado porque mi alma ya no podía sostener la máscara de la perfección.

En medio de la afonía comprendí que aquel quiebre no era el final de mi voz, sino el comienzo de una escucha más profunda. Si quería transformar la vida de otros desde el liderazgo, primero debía aprender a reconocer, aceptar y sanar lo que ocurría en la mía, cada día.

Volver a hablar desde la verdad

Perder la voz física fue el puente para encontrar mi voz interior. Aprendí que el liderazgo del Ser no nace de los títulos, de los manuales de gestión ni de la pretensión de ser invulnerables.

Comienza cuando dejamos de huir de nuestras sombras, escuchamos lo que nuestras heridas intentan decirnos y nos atrevemos a hablar desde una vulnerabilidad honesta.

Hoy, a mis 43 años, ya no necesito cantar perfecto ni liderar sin dudar. Elijo estar presente, escuchar mi centro y hablar con honestidad, incluso cuando mi voz tiembla. Porque la voz más poderosa no es la que nunca falla, sino la que se atreve a decir su verdad.

Para reflexionar juntos esta semana

¿En qué parte de tu vida has estado apagando tu voz o sofocando tus emociones por miedo a no ser suficiente?

¿Qué verdad, por pequeña que sea, podrías permitirte expresar hoy?